16 junio 2006

El agua caía muy fría del cielo, con tanta fuerza que el ruido sobre el acero del coche se superponía a la radiofórmula que sonaba por los altavoces. Jacinto y yo hablábamos sobre la vida, sobre nuestras vidas. Cada uno de la suya. A ambos nos interesaba la del otro pero creo que en ese momento -con la lluvia atenazando los cristales, el cielo roto de luces, la noche enjuta como doña Rogelia...-, aunque nos oíamos, cada uno pensaba en cómo solucionar sus problemas.

2 comentarios:

Beaumont dijo...

Muy bueno.

Anónimo dijo...

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